
Creemos que el humano que avisó de un peligro al resto de su grupo fue el primer ser inteligente. Sin embargo, habitantes del mismo bosque que el nuestro emiten sonidos cuyo significado es ¡cuidado, un león!. Así que compartir información sobre el mundo no es ninguna revolución.
Superamos a los chimpancés en memoria, y asociamos ideas mejor que ellos, por ello, somos nosotros los que jugamos al ajedrez o construimos artilugios como aviones, e incluso inventamos el lenguaje escrito, que nos extiende la capacidad de razonar más allá que la de nuestros compañeros del bosque; pero esto tampoco es la verdadera revolución humana.
No basta con saber dónde está el león, es mucho más importante saber quién del grupo es más apto para enfrentarse a él, quién es el más honesto para dejarle al cargo de los niños de la tribu, o quién es un tramposo y no es de fiar. Esta capacidad para intercambiar información de nosotros mismos genera confianza, vínculos y cooperación en grupo, pero tampoco es la verdadera revolución humana.
La verdadera revolución humana llega con el hombre-león de Stadel, un símbolo que transmite información de algo que no existe en la naturaleza, que nunca hemos tocado, visto, u oído. Es una revolución mental que crea dos mundos reales, el físico y el simbólico. Este último es cada vez más grande y más poderoso, gracias a la potencia de los relatos imaginados.“El hombreleón es el espíritu guardian de nuestra tribu”, diría un miembro de la cueva de Stadel. Pero ¿por qué una “mentira imaginada” como esta es tan poderosa? Porque es una creencia colectiva, con poder de vincular a extraños en grupos inmensos. Esta es la función de la ficción humana, la de crear imperios.

