Elijo no expresar ahora mis emociones

Elegir expresar emociones

 “Uno de los grandes errores del pasado es que nuestros padres no expresaban sus propias emociones”, dice Isabel Rojas Estapé, docta psicóloga, en un prestigioso periódico nacional.

Parece que esta “experta” desea que volvamos a los tiempos del mundo oral, cuando regulábamos la vida para el aquí y ahora de la situación concreta. Por aquella época, en la que el mundo era un acontecimiento al que había que adaptarse a través del sentido del oído y del sonido envolvente de las voces, los humanos expresábamos las emociones como animales acorralados en respuesta a los acontecimientos inmediatos.

Y llegó la transformación del ser humano con la tecnología más alucinante creada, la escritura. Aprender a leer es como ver el habla, como descubrir “lo que se dice”. Algo así como “¡ah!, mira, ¡esto es lo que digo cuando hablo!. Entonces empezamos a nombrar las emociones, a verlas frente a nosotros, como un paisaje en la pared.

Sin embargo, ese paisaje del habla que nos transmite lo escrito, es imperfecto, deja fuera el “cómo lo digo” y la “intención de lo que digo” y, para subsanar esto, la cultura escrita crea palabras para los estados metales y las intenciones del escribiente, es como una “mente letrada” expresada sobre el papel. Por ejemplo esto se aprecia en el Romanticismo del siglo XV, donde los enamorados etiquetan y ponen en papel, frente a todos, sus desesperados sentimientos.

Nuestros padres letrados ya saben elegir entre la prudencia y la sinceridad como estrategia social. Algunos, los más reivindicativos, prefieren la sinceridad a la prudencia, siendo más honestos que decorosos, mientras que los más parecidos a los cortesanos renacentistas, son más prudentes que sinceros y eligen el decoro a la honestidad. Expresar las emociones no siempre es bueno, recuperemos el decoro cortesano.