Un motivo de satisfacción para todos es “rendir en aquello que hacemos». Sin embargo hoy existe una creencia cultural, que distorsiona la ejecución de un comportamiento eficaz, a saber, la regla popular de que “si te esfuerzas al máximo, conseguirás lo que te propongas”.
A todos nos han enseñado a ser disciplinados, sabemos «lo que podemos o debemos hacer» pero, en algún momento de nuestra vida, se nos inyecta la citada pócima positivista del “máximo esfuerzo”, que nos desplaza desde el «debo disciplinario» tradicional al «todo lo puedo» del máximo rendimiento.
Entramos así en la cultura de los emprendedores hipermotivados, esclavos de sí mismos y sobrecargados de trabajo, que se les identifica por su acelerada vivencia del tiempo y su capacidad de atención saltarina entre tareas y fuentes de información. Son sujetos que reproducen muchas tareas, pero profundizan mal en el conocimiento de las mismas.
Volvamos a recuperar a la persona disciplinada, que mire calmo, largo y pausado, que aprenda a observar sus impulsos y elegir sus acciones. Es necesario tener a alguien así en los equipos de trabajo, debido a la importancia que adquiere la creatividad en los nuevos tiempos.
¿Y hacia dónde o hacia qué dirigir nuestra pausada mirada?. Pues a la vida misma, como nos propone el psicólogo de la Universidad de Oviedo Marino Pérez Álvarez, en su artículo «¿Por qué somos como somos?: los tres componentes de una vida», y que encontraréis resumido en el post «Plantearse la vida deportivamente«
Fuente: Han, Byung-Chul, La sociedad del cansancio.


