
El yo tiene unos procesos, que fácilmente quedan oscurecidos por sus propios contenidos (lo que se ve, lo que se siente, lo que se oye …)
Si tenemos la suerte de ir adquiriendo la habilidad de diferenciarlos (procesos y contenidos), mi yo, como perspectiva, llega a ser un producto transparente. Esta dimensión de mi, libre de los citados contenidos, no es lo que solemos identificar cuando nos preguntan ¿quién eres?, porque no solemos contestar «yo soy esa perspectiva única, que ha estado siempre donde yo he estado, que ha visto todo lo que yo he visto, y que ha experimentado todo lo que yo he experimentado«. Es decir, que estaba allí, el día que te vi por primera vez, y que también está ahora aquí, el día que te despido para siempre.
Aprender esta habilidad nos lleva a una autoaceptación radical. Es más fácil aceptar tener algo malo, que ser malo, tener un pensamiento, que ser ese pensamiento. Para desarrollarla practicaremos el juego de «el observador.

