
Somos activos por naturaleza y con nuestras conductas perseguimos, como mínimo, o bien placer ya, o bien eliminar el malestar inminente. No obstante gracias al lenguaje también somos capaces de ir más allá e ideamos “marcos” simbólicos, por ejemplo «ser honestos», «ser buenos», ser «los mejores». Y lo más valorado hoy para avanzar es “rendir” en aquello que hacemos. Sin embargo tenemos aquí una muestra evidente de cómo una creencia cultural dificulta la adecuada ejecución de un comportamiento eficaz, a saber, la actual idea de rendimiento nos impide hacerlo porque frecuentemente la anteponemos a la habilidad de la disciplina.
Una diferencia entre disciplina y rendimiento es que el sujeto disciplinado sabe lo que no puede hacer (que incluye lo que no debe hacer), mientras que la persona que actúa basada únicamente en el rendimiento cree que “todo es posible”. Es este el ser hipermotivado moderno hinchado de iniciativa personal, muy al gusto de las políticas de emprendimiento actuales.
Toda persona pasa por la fase disciplinaria, (el yo debo), y en el momento que cambia del “debo disciplinario” al “todo lo puedo” del máximo rendimiento, la cultura actual lo anima a “devenir él mismo” y olvidarse de lo colectivo. Un devenir impuesto por «la violencia positivista», inherente a esta sociedad basada en el rendimiento. Es una persona sobrecargada de trabajo, que ve alterados tanto su manera de vivir el tiempo, como su proceso psicológico de atención, de modo que difícilmente es capaz de generar conocimiento, solo reproduce lo existente, saltando entre tareas y fuentes de información.
Por lo tanto, abogamos por recobrar la habilidad de la disciplina. Sólo así rendirás verdaderamente sin volverte histérico. Para ello Nietzsche nos propone tres tareas a aprender: Mirar calmo, largo y pausado, no responder inmediato aprendiendo a detectar impulsos, y por último elegir la acción a seguir.
¿Y hacia dónde o qué dirigir nuestra pausada mirada?. Pues a la vida misma, como nos propone el psicólogo de la Universidad de Oviedo Marino Pérez Álvarez, en su artículo «¿Por qué somos como somos?: los tres componentes de una vida», y que encontraréis resumido en el post «Plantearse la vida deportivamente«
Félix Parajón.
FUENTE: Han, Byung-Chul: La sociedad del cansancio. Herder. 2016

