Antes de aprender a escribir, los humanos se comunicaban a través de los sonidos de su voz. El sonido de la voz envuelve, viene hacia uno y transmite intimidades y preferencias del hablante. La voz entra en el interior del otro, e influye en los vínculos entre las personas.
El sonido de la voz es presente, algo que sucede aquí y ahora y desaparece, como un evento. La sola existencia de esta manera de estar en el mundo, la oral, sin aún la invención de la escritura, determina una manera de ser y supone personas y ansiedades características.
Las palabras oir y obedecer provienen de la misma raíz, audire. Las ordenes o mandatos de los otros se oyen, se interiorizan y se obedecen. Y también los sonidos envolventes de la naturaleza o los sonidos provenientes del enemigo… Por ello, antes de la escritura, durante el periodo de la comunicación oral, el oído era el sentido preeminente, más importante que la visión.
Las personas orales, que vivencian el mundo de manera eventual y efímera, se organizan aquí y ahora, de tal modo que el presente «resetea» el pasado. La situación concreta es la que determina las funciones psíquicas de las personas. En este periodo de la preescritura, las conductas desorganizadas de las personas se caracterizaban por ataques de furia, llenas de miedo y hostilidad, a imitación del animal acorralado.
Llega entonces la escritura, una metodología o herramienta que permite al ser humano salirse de los límites de la experiencia práctica concreta, situando lo percibido en un sistema de categorías abstractas creadas por el lenguaje. Con la revolución cultural surge la posibilidad de sacar conclusiones en base a un discurso lógico-verbal, no situacional.
A medida que vamos perfeccionando la escritura a lo largo de la historia, desarrollamos funciones cada vez más desligadas de las situaciones inmediatas. Aumenta el predominio de la vista y la percepción del objeto en la distancia, fuera de uno, lo que facilita su análisis. Ya sólo le quedaba al ser humano ser él el citado objeto y volcar sobre sí mismo este discurso lógico, la escritura, para crear lo que llamamos autoconciencia. Con la escritura como metodología de análisis, surgen los individuos, centrados en sí mismos, independientes y con proyectos personales, a diferencia del ser oral, mas envuelto en las reglas del colectivo. Ahora, con la elevación del lenguaje escrito, la desorganización de la conducta humana desencadena delirios, mundos privados imaginarios y aislamiento del grupo. Si tal ensimismamiento del individuo le provoca la hipertrofia del autoanálisis, lo categorizamos como procesos esquizoides de seres vueltos hacia sí mismos.
Félix Parajón


