
Carlos quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. Su vecino tiene uno y decide pedirle que se lo preste. Pero le asalta una duda:
¿Y si no quiere prestármelo?.
Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa o quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se le habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? . Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo.
Entonces Carlos decide ir a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita enfadado:
¡Quédese usted con su martillo, so penco!.
Fuente: Paul Watzlawick: El arte de amargarse la vida.
Todas las personas realizamos acciones durante el día que van en dos direcciones: en la dirección que nos acerca a lo que es importante para nosotros, enriquece nuestra vida y nos hacen sentir orgullosos. O acciones que nos alejan y nos mantienen atascados sin avanzar hacia lo que es importante y nos enriquece.
Una de estas acciones es la hiperreflexión con una función evitativa. La actividad que te propongo es ver qué cosas haces en tu día a día que te lleven en una u otra dirección, de modo que cada vez hagas más cosas que te acerquen a lo que es importante para ti y menos cosas que te alejan y te mantienen enredado.
¿Carlos quería realmente colgar el cuadro?. Su hiperreflexión ¿le acerca o le aleja de su objetivo?.

